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Así moví la silla de ruedas con mi cerebro

Así moví la silla de ruedas con mi cerebro

By In Sin categoría On 19 diciembre, 2017


Primicia mundial: manejando una silla con la mente. ALBERTO DI LOLLI

El periodista de ‘Crónica’ prueba en exclusiva una silla con inteligencia artificial creada por científicos gallegos.

Escéptico, cantó ¡eureka! cuando el vehículo se echó a andar activado únicamente por las ondas que su cerebro emitía, vía ‘bluetooth’, a la silla, pensada para facilitarle el movimiento a los tetrapléjicos.

El primer ensayo con discapacitados se hará en mes y medio en el mayor hospital de Galicia.

Cuando Laura, la joven ingeniera que me vigila, terminó de ajustar la corona en mi cabeza, me vino a la memoria la primera vez que sembraron mi pecho de ventosas y cables para poder medir los latidos de mi corazón. Aún era un niño y como tal fantaseaba con que aquel manojo de hilos eléctricos sujetos a mi piel iban a dejarme frito de un momento a otro. El tiempo ha corrido demasiado rápido y lo que ahora llevo puesto encima es una especie de diadema negra de la cual salen 14 electrodos que, como lapas, van pegados a mi cráneo. «Relájese y concéntrese». No es fácil cumplir la orden que una y otra vez me repite Laura. Y aunque por mi parte intento mantener la calma, noto que mi corazón va subiendo de pulsaciones.

El reto al que me enfrento no es para menos. Tendré que mover esa silla, en apariencia normal, sólo con mi mente. Y ella me llevará a cualquier sitio. A mi antojo. Adelante, derecha, izquierda, hacia atrás… No, esta no es una escena de ninguna película de ficción. Tampoco el ensayo de uno de esos espectáculos de charlatanes televisivos. Esto es Ciencia (con mayúscula) y yo el conejillo de Indias que se ha prestado voluntario. Estamos en el hangar de pruebas de Handytronic, en el sótano de un edificio recubierto con espejos en tonos verdes, sin ventanas, a las afueras de A Coruña. De puertas adentro lo imposible aquí no existe. El mobiliario, los colores, las luces… hasta el silencio del lugar indica que aquí a lo que se dedican es a pensar.

En la planta que se encuentra inmediatamente encima de nosotros, un grupo de técnicos manipula con la destreza de un relojero suizo cientos de placas impresas con circuitos microscópicos capaces de realizar millones de operaciones por segundo en un espacio tan pequeño como la cabeza de un alfiler. Fue en una de esas mesas donde los ingenieros y programadores de Handytronic alumbraron el cerebro con inteligencia artificial de la silla que vamos a probar en exclusiva.

«No pierda la concentración, piense y relájese», vuelve a decirme Jacobo Penide, el director de la firma tecnológica, que forma parte del grupo Telecon Galicia. Jacobo me observa de pie a pocos metros de distancia, como intranquilo. Yo, con la cabeza ya sembrada de electrodos, permanezco inmóvil sobre la silla, escéptico.Por un instante procuro ponerme en el lugar de un discapacitado e imagino lo que éste sentiría en esa especie de cárcel con ruedas en la que estoy sentado. Un hormigueo extraño cruza todo mi cuerpo.

-¿Todo listo…? Empezamos -anuncia con entusiasmo la ingeniera Laura.

Es miércoles 13, el reloj marca las 12.37 y ahí fuera la borrasca y los vientos que días antes entraron por la Costa de la Muerte han dejado apenas 10 grados de temperatura y un cielo de color plomo.

El silencio en la pista de pruebas de Handytronic (50 metros de largo por 10 de ancho) hace que la expectación sea todavía mayor. Alberto di Lolli, el fotógrafo, apunta con su Canon y me enseña una imagen de mi cabeza cubierta de electrodos. A mi derecha, en una pantalla unida al posabrazos de la silla de ruedas, aparece un esquema de la bóveda de mi cráneo marcada con 14 redondeles. Son los lugares exactos de cada uno de los 14 electrodos. De repente todos cambian de negro a verde. Buena señal. Laura da el ok: «¡Vamos allá!».

Bienvenidos al futuro.

Voy a intentar mover esta silla de ruedas sin ningún tipo de ayuda mecánica, sólo con mi mente. Y ella hará todo lo que yo le ordene. Sin que medien palabras. En silencio total. Sólo con las ondas cerebrales que genera mi cerebro. Esta fuerza invisible hará que la máquina, en apariencia normal, me lleve en cualquier dirección y hasta donde yo quiera. Son señales aparentemente ininteligibles, que nacen de la activación de mis neuronas cuando pienso en algo, y que expresan mis deseos: adelante, izquierda, derecha, párate, hacia atrás… La conexión hombre-máquina en teoría promete. Pero para que esto funcione de verdad, como entre dos personas que han de caminar siempre juntas, el primer paso será conocernos. Los dos -mi cerebro y el de la silla; uno natural, el otro artificial- ahora tienen que dialogar, entenderse y sobre todo aprender el uno del otro.

Tengo ocho segundos para que esta especie de cita a ciegas dé resultado. En ese tiempo he de visualizar en mi mente que voy de frente, hacia delante. Pienso en mi perro Elmo cuando lo saco a pasear por las mañanas y él va tirando de mí por la acera. En esos ocho segundos ese pensamiento concreto genera unas ondas cerebrales propias que son captadas por los electrodos de mi cabeza y enviadas, mediante bluetooth, al cerebro artificial que va alojado bajo el asiento de la silla de ruedas. La máquina ya sabe algo más de mí. Ya sólo falta comprobar si es capaz de atender mis deseos. Para asegurarnos, la ingeniera Laura me sugiere que vuelva a pensar lo mismo otros ocho segundos.

Por un instante me siento como aquel mono de la Universidad de Duke (EEUU) cuyo cerebro fue conectado a una silla de ruedas robótica. En el experimento, realizado en marzo del año pasado, el primate fue capaz de dirigir su vehículo hasta un lugar en el que tenía uvas como premio. Yo no tendré uvas de recompensa pero si lo consigo empezaré a creer bastante más en esa catarata de palabras enormes, a veces grandilocuentes, de los científicos, ingenieros y sociólogos que anuncian un nuevo mundo a la vuelta de la esquina.

Durante los 16 segundos en total que hemos tardado en conocernos un poco más, he intentado no obsesionarme. La silla ya sabe lo que quiero, ha aprendido a descifrar mis deseos. En cuanto yo le envíe de nuevo las mismas ondas cerebrales, la máquina me llevará hacia delante. O eso espero. Vuelvo a pensar en la misma escena y en lo que tarda un pestañeo la máquina recibe las ondas cerebrales generadas por esa imagen y… ¡eureka! La silla de ruedas se echa a andar por el hangar. Hace 30 metros de un tirón y se para cuando dejo de pensar que quiero ir hacia delante. Parece magia. Me siento como un mentalista. Esa silla se comporta como una extensión de mi cuerpo. Los ingenieros aplauden. Laura Montes, que en colaboración con el área de Computación de la Universidad de A Coruña ha dotado a la máquina de inteligencia artificial, resopla varias veces. La silla y yo hemos aprendido juntos. Y en sólo 16 segundos. Ella podría llevarme a cualquier parte sólo con interpretar mi pensamiento. Aunque su fin no es el de atender a personas como yo. Ha sido creada para facilitarle la vida a tetrapléjicos con lesiones medulares completas (paralizados de cuello hacia abajo) y personas con enfermedades (ELA, por ejemplo) que van paralizando el cuerpo cada vez más pero no la mente.

El doctor Antonio Montoto, adscrito a la Unidad de lesionados medulares del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, antes llamado Juan Canalejo, no escatima elogios. «Este es el principio de una revolución imparable», asegura. «Tanto a los tetrapléjicos como a aquellas personas carentes de movilidad se les podrá ofrecer una vida más independiente». La que hoy no pueden disfrutar 15.000 personas en España, según un estudio elaborado por 42 especialistas de 16 hospitales que recoge el libro Traumatismo Requimedular (editado por la Fundación Mapfre). Cerca de 1.000 españoles sufren cada año una lesión medular traumática, lo que eleva la cifra por encima de los 30.000 afectados. El 50% de estas lesiones se produce a nivel cervical ocasionando una tetraplejia.

Aunque haya sido este periodista el que esta semana ha tenido el privilegio de probar esta filigrana tecnológica única en el mundo, la primera silla de ruedas que se mueve con la mente, el gran ensayo se hará en enero, en el citado hospital coruñés, con pacientes reales. «Queremos reducir el número de electrodos y quedarnos únicamente con los que captan las ondas alfa, beta y gamma, que son las que de verdad nos interesan para poder mover la silla», detalla Laura Montes, admiradora confesa de Marvin Minski, el visionario neoyorquino que allá por 1956 acuñó el término «inteligencia artificial», y que años más tarde aconsejaría a Stanley Kubrick durante el rodaje de la mítica 2001, una odisea en el espacio.

A rebufo de esta tecnología, denostada hasta la exageración por unos y alabada por otros, hoy se mueven cientos de millones de dólares. Google, Intel, Apple, IBM, Yahoo o Facebook se han lanzado a esta carrera en los últimos cuatro años con la chequera por delante. Google ha adquirido 11 firmas de inteligencia artificial desde 2011. Intel (que en 2016 compró tres) y Apple (que se hizo con dos) le siguen los pasos. El año pasado se han batido todos los récords de inversiones: 550 startups de inteligencia artificial.

La última vez que Silicon Valley apostó por la inteligencia artificial (IA), en los años 80, la fiebre remitió al poco. Condujo al llamado AI Winter, el invierno de la IA. Ahora, en este nuevo resurgir, todo parece distinto. O, al menos, ese es el sentir de buena parte de la comunidad científica. Una máquina de DeepMind, una de las firmas punteras en este campo, adquirida por Google en 2014, consiguió derrotar en marzo del año pasado a Lee Sedol, uno de los mejores jugadores del mundo de Go, complejo juego que se asemeja a un ajedrez oriental. Hay robots cirujanos y rehabilitadores; en el campo asistencial, los hay terapéuticos, domésticos, educativos, de ocio, de entretenimiento y hasta de compañía.

Sin embargo, no todo el mundo ve beneficios en el advenimiento de la IA. El propio Elon Musk, multimillonario y uno de los grandes gurús de la tecnología, fundador de la firma de coches eléctricos y baterías Tesla o la corporación espacial privada SpaceX, forma parte de ese coro de agoreros del apocalipsis artificial. Musk opina que las cosas van demasiado rápido, y que por eso la IA puede resultar tan peligrosa como los maletines nucleares. Facebook le dio la razón.

A principio de este año tuvo que desactivar dos robots con inteligencia artificial que habían creado un lenguaje nuevo para comunicarse que sólo entendían ellos. Y ante el temor de que el asunto se les fuera de las manos, los programadores de Facebook optaron por destruirlos. No son los únicos. A la nómina de activistas ciberapocalípticos se ha sumado el profesor australiano Toby Walsh, quien se dedica a viajar por el mundo alertando de la llegada de una generación de Terminators o robots asesinos.

A pesar de las alarmas y los mensajes de destrucción, lo cierto es que hay cada vez más interés en dotar de inteligencia artificial a las máquinas, incluso ya se ha dado el primer paso para acercarlas a los humanos. El vaticinio del escritor y analista de mundos futuros Gray Scott resulta en cierto modo inquietante: «No habrá forma de que la mente humana le siga el ritmo a una máquina con inteligencia artificial a partir del año 2035». No habrá que esperar tanto.

Sophia, un androide con forma de mujer inventado por la compañía Hong Kong Hanston Robotics, ha obtenido la ciudadanía de Arabia Saudí. Es la primera vez que la IA recibe tal distinción, generando en la comunidad científica internacional un encendido debate sobre los derechos humanos.

A la silla de ruedas de Handytronic le auguran un prometedor futuro. Aún es joven -empezó su desarrollo hace un par de años- y «su cerebro puede dar todavía más de sí», confía Jacobo, impulsor del proyecto. El siguiente paso que pretende es aplicar esa inteligencia artificial a la psiquiatría. «Es cuestión de dar con la tecla adecuada», dice. Y esa tecla consistiría en la creación de nuevas redes neuronales que lograran predecir con antelación el desarrollo de determinadas enfermedades mentales, para lo cual ya se cuenta con el compromiso de un grupo de neurólogos y psiquiatras dispuestos a dar forma y contenidos a un nuevo cerebro artificial que sea capaz de comprender a otro cerebro pero que sea humano. Como este miércoles lo hizo el cerebro de la silla con el mío. Y funcionó.


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