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El calvario de Berta

El calvario de Berta

By In Sin categoría On 7 enero, 2018


La mujer, de 70 años, ha asumido el cuidado de su hija, de 50, incapacitada desde que sufrió un tumor cerebral y quedó en silla de ruedas. Tiene una pensión de 641 euros y pide más ayuda de las administraciones públicas.

E l pasillo de Berta es largo. Mide unos ocho metros, que ella recorre varias veces al día. Al principio, cerca de la puerta de entrada de la vivienda, hay un pequeño salón en el que pasa gran parte del día su hija, en silla de ruedas desde que sufrió un tumor cerebral; al fondo, la cocina; y en medio, las habitaciones y el baño. Berta, que tiene 70 años y se mueve en muletas, cuida a su hija, de 50. En la casa casi siempre hay música: es parte del tratamiento.

Berta vivía sola en su casa, un inmueble antiguo en El Toscal, en Santa Cruz de Tenerife, hasta que su vida cambió y su hija necesitó cuidados 24 horas al día. En junio de 2016 le diagnosticaron un tumor en la cabeza y casi de un día para otro tuvo que ser intervenida.

Las complicaciones hicieron que pasara por el quirófano hasta en “quince ocasiones”, relata. Sufrió un derrame, se contagió de meningitis y cogió una infección mientras estaba ingresada, enumera Berta con tristeza.

Las secuelas de su hija son evidentes. Sonríe, la mayoría de las veces entiende y responde, pero no es capaz de valerse por sí misma. “Querían mandarla a un geriátrico, pero yo me negué; no lo permitiré mientras viva”, dice.

Se empeñó tanto en que su hija podía tener una vida mejor que, cuando concluyeron las intervenciones, consiguió que la trasladaran al Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral (Ceadac) del Imserso en Madrid. “Hay un mundo de diferencia entre cómo estaba cuando entró y lo que ha recuperado, pero allí me dijeron que no podían hacer nada más porque no había recibido rehabilitación antes”.

Durante los meses que pasó en Madrid, Berta estuvo siempre con ella. La acompañaba, le ponía música, le hablaba. “Los médicos me dijeron que para su recuperación era muy importante que permaneciera a su lado”. Alquiló una habitación a un matrimonio con dinero que consiguió tras vender algunos objetos personales.

Al volver a Tenerife su hija estaba mejor, pero aún con secuelas importantes que la han convertido en una persona dependiente para el resto de su vida. Y entonces comenzó otra odisea. “Los primeros días fueron horribles. Llegué, estaba sola y tenía que pedir ayuda a los vecinos para asearla”, recuerda con tristeza.

Esta situación sería difícil para cualquier persona. Para Berta, además, se añaden los problemas económicos. Apenas tiene recursos. Cobra una pensión de 641 euros y la vivienda no es suya: “Pago un alquiler de 300 euros porque conozco a la dueña y me hace precio”. Su hija no tiene ingresos. No trabajaba cuando enfermó y muchos de los empleos que había tenido eran informales.

Antes de que todo esto ocurriera, Berta disponía de ayuda a domicilio que le proporcionaban los servicios sociales del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. “Dos horas diarias seis días a la semana desde 2015”. En ese tiempo, el trabajador que acudía a su casa le limpiaba o le hacía la comida.

Al volver de Madrid pidió ayuda para su hija. El consistorio respondió que sí, pero de una forma que a Berta no le sirve, porque asegura que no le queda tiempo para hacer las labores que hacía antes, como irle a hacer la compra. Ha ampliado las funciones del trabajador que acude a la vivienda cada día -puede bañar a su hija-, pero no el horario. “Somos dos personas con dos discapacidades distintas, ¿por qué no podemos tener ayudas distintas? ¿Y los domingos no baño a mi hija?”.

Durante las navidades, Berta ha pedido la ampliación de horario para los festivos y se le ha concedido. “Han venido una hora cada festivo”. Aunque la ordenanza no da mucho margen, Berta puede pedir que aumenten el tiempo de atención hasta el máximo, unas 60 horas mensuales, siempre que cuente con un informe favorable de los valoradores.

Además, Berta solicitó “en julio de 2016” la Ley de Dependencia al Gobierno de Canarias, pero terminó el año sin recibir prestación. Está cansada, pero seguirá batallando: “Mi prioridad es mi hija”.

No quiere fotos, pero sí que su historia se sepa, no solo porque necesita ayuda, sino porque está convencida de que su historia no es excepcional y que hay más personas pasándolo mal.


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