Natalia T. está tristemente acostumbrada a la incapacidad. No la de L., el nene de 5 años en silla de ruedas con el que trabaja todos los días de su vida, sino la de muchos de los seres “normales” con los que se cruza: la incapacidad de ponerse en el lugar del otro. La mujer, de 45 años, vivió el miércoles una situación que no es la primera y sabe que no será la última. Un hombre estacionó sobre un espacio reservado para discapacitados, donde debía dejar ella su auto, y en lugar de disculpas por el error, el señor le pidió que se mude lejos: “Si querés vivir en un país justo andate a Suiza”.

L. nació con hidrocefalia, producto de una toxoplasmosis congénita, por lo que no habla, ni ve ni camina. Sufre de crisis y convulsiones, que se le suelen calmar cuando escucha canciones de Luis Alberto Spinetta o Manuelita, de María Elena Walsh. Natalia es su acompañante. Una especie de segunda madre. Algunos días de la semana, ella traslada en su auto al nene hasta un espacio de terapia física ubicado en la calle Núñez, en el barrio porteño con mismo nombre. Sobre la puerta del lugar hay varios metros de calle reservados para los autos que traen a los pacientes, todas personas discapacitadas.

Cuando llegó el miércoles Natalia observó que el lugar lo ocupaba un Renault Megane, color gris. Pensó que podía corresponder a otro paciente, así que estacionó detrás y observó que el conductor, un hombre de unos 60 años, entró al supermercado chino ubicado al lado de la clínica. Se trataba de Roberto Oscar Rosano, empresario jubilado, de 68 años.

Roberto Rosano, en el momento en que se burla de Natalia y de L.

Roberto Rosano, en el momento en que se burla de Natalia y de L.

Bajar a L. de un auto no es algo sencillo ni se resuelve rápidamente. Mientras T. hacía ese trabajo, pasados unos siete minutos, el hombre volvió. “Miré su auto y no tenía la oblea de discapacitado. Y al rato veo que sale con la bolsita del chino y abre el auto”.

Entonces Natalia, tras confirmar que el conductor del Renault había dejado el auto ahí solo para hacer sus compras, le explicó lo obvio. “Le dije que es un lugar reservado para discapacitados”, cuenta Natalia, pero el hombre, a años luz de pedir disculpas, le sonrió con sorna y le respondió: “Yo soy discapacitado mental, ¿y?”.

Aunque sabía que Rosano estaba aplicando el cinismo, Natalia le pidió la oblea que certificara su problema, entonces el hombre pasó a la fase violenta. “Empezó a gritarme ‘cállate, loca’, ‘andá a romperle las bolas a otro, loca de mierda'”, entonces decidí cortarla ahí y le dije: ‘Vos no sos discapacitado mental, sos una mierda de persona'”.

Antes de irse, Rosano mandó a Natalia al país alpino: “Si querés un país justo andate a vivir a Suiza. Este no es un país justo, así que jodete“. Y el hombre subió a su auto y partió.

Roberto Rosano, el infractor, sonrió con sorna cuando le sacaron una foto, sobre Núñez al 2700

Roberto Rosano, el infractor, sonrió con sorna cuando le sacaron una foto, sobre Núñez al 2700

Es cotidiano que Natalia, y todas las personas que necesitan de rampas y lugares especiales para estacionar, se encuentre con situaciones violentas o de falta de respeto a las normas. “Es gente que cree que sus cinco minutos son más importante que los de los demás”, reflexiona esta mujer, y explica que los cinco minutos de una persona “normal” representan 10 de dificultad para los discapacitados que se ven afectados.

La gente que va sola en una silla de ruedas no puede bajar cuando les tapan las rampas, eso sucede todos los días. Al menos L. tiene la ‘suerte’ de que alguien lo va a llevar siempre”, dice con ironía.

Según figura en los registros, el auto está a nombre de su hijo. Rosano figura como jubilado pero fue dueño de una empresa de provisión de válvulas. Su domicilio legal es sobre la avenida Congreso, en el barrio de Villa Urquiza, donde también está la compañía.

Roberto Rosano, empresario jubilado

Roberto Rosano, empresario jubilado

De acuerdo con la información de los sitios oficiales de los gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires y de la Provincia, el hombre es un coleccionista de infracciones de tránsito. Evidentemente la pena económica no resulta intimidante para este conductor, que debería pagar $25.000 y no lo hace. “No le importa nada ni nadie”, dice con tristeza la mujer que acompaña a L. cuando se entera de la deuda.

Y recuerda que cuando el hombre la provocó con lo de Suiza ella sacó el teléfono para registrar la situación, ya que quizá haría la denuncia. “Cuando saco el teléfono empezó a decirme: ‘Me vas a escrachar, mira cómo te sonrío para la cámara’. ¡Y posó literalmente!”.

Rosano tiene pendientes en Capital ocho multas, por un total de $9.000. Por incumplimiento de grabado de autopartes, por no respetar la senda peatonal y, la gran mayoría, por estacionamiento indebido o en lugar prohibido, cometidas entre 2014 y 2018.

En Provincia, el señor debe casi $14.000, la suma de cinco infracciones, cuatro correspondientes a 2018, todas por hechas por exceso de velocidad, y labradas en Dolores, Don Torcuato y Tigre.

Por eso, Natalia T. cree que el castigo con dinero no suele ser efectivo para este tipo de ciudadano: “Siempre los invito a que se suban una hora en una silla de ruedas y que vivan lo que es para una persona que depende de eso para trasladarse. La gente en silla de ruedas no tiene el derecho a trasladarse que tenemos todos”.

“Infinitas veces me pasa lo mismo”, asegura Natalia, y sigue: “Cuando me puteo con esta gente es terrible porque te das cuenta lo que cuesta pedir perdón y decirte ‘ya lo saco’. Son contados con los dedos de una mano los casos que me han pedido perdón“.

Natalia no quiere que sientan lástima por L. Para ella eso no sirve para nada: “Lo importante es la empatía, la aceptación, la comprensión y el respeto por el espacio del otro. Los que menos empatía tienen por el otro son gente con autos de alta gama. Hay mucha prepotencia. Lo que te demuestra que no es una cuestión de educación. Y me pasa al menos dos veces por mes”.

L., y sus dificultades para trasladarse en una ciudad repleta de veredas rotas

L., y sus dificultades para trasladarse en una ciudad repleta de veredas rotas

Natalia no tiene esperanzas de que el señor que la mandó a Suiza recapacite si se entera de lo que generó su reacción. “El tipo no va a empatizar nunca. No va a cambiar su forma de pensar. Si lee una cosa así piensa que el otro es un hijo de puta. Porque sus cinco minutos son más importantes. No sé qué pensará el hijo de este señor, quizá él sí sienta vergüenza”.

A T., un hombre la persiguió varias cuadras después de que ella le remarcara que estaba estacionado sobre una rampa. Varias veces mientras hacía una fila con el nene hombres y mujeres le han recriminado que quería colarse y aprovecharse de la situación. “Muchos piensan que uno sale a dar lástima para que le den lugares. Es penoso”, reflexiona.

Por eso no es optimista en el corto plazo para que estas cuestiones cambien. “Es muy impactante estar arriba de una silla de ruedas. Ahí ves no solo la falta de respeto de los automovilistas, también el estado del las veredas. Están hechas mierda”, cuenta, y agrega que la mayoría de las veces con L. deben bajar a la calle para trasladarse.

“Veo difícil que se pueda cambiar. Pero más que multen a quienes cometen estas infracciones, les haría bien una probation de una jornada en silla de ruedas. A ver qué les pasa. Porque hasta que no lo vivimos no lo entendemos. La gente no ve a la persona diferente. No tiene entidad. Es invisible“, dice Natalia.

Lo hace con un gesto que tal vez en Suiza no exista y que significa resignación.