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Historia de un ‘retrón’: “La discapacidad es una mierda, nadie quiere ser así”

Historia de un ‘retrón’: “La discapacidad es una mierda, nadie quiere ser así”

By In Sin categoría On 6 diciembre, 2018


Reportaje fotográfico / Ale Megale

En España hay 2,5 millones de discapacitados. Su voz más afilada es Raúl Gay: periodista sin extremidades, padre inminente y “moderadamente feliz”.

Varios años después de terminar el instituto en Zaragoza, el periodista Raúl Gay recibió un libro en el que se conmemoraba la primera década del centro. El típico libro lleno de fotos y en papel bueno donde se glosaba la trayectoria de los alumnos que habían pasado por sus aulas. Una foto antigua, la profesión actual, el orgullo de mostrarle al mundo hasta dónde habían llegado sus chicos… «Se asemejaba a esas cenas de ex alumnos que aparecen en las películas estadounidenses, en las que treintañeros calvos y con barriga se reencuentran y su forma de medirse es el trabajo y el nivel de ingresos». En el libro estaba escrito: «Manuel de Diego, periodista». «Marta Palacín, médico». Y también: «Raúl Gay, focomélico».

Focomelia viene de miembros de foca y Raúl Gay viene de un infierno sin pies ni cabeza: no poder hacer cosas que otros sí, una depresión, 13 infructuosas operaciones de piernas y muchísimo dolor físico y del otro.

No hemos venido a hablar con Raúl Gay porque sea discapacitado (en España hay dos millones y medio de personas que lo son).

No hemos venido a hablar con él porque haya escrito un libro (en España se editaron 81.391 en 2016).

No hemos venido a hablar con él porque busquemos sonido de violines (ya verán, no da ninguna pena; ni ganas).

No hemos venido a hablar con él por la curiosidad del sexo sin brazos ni piernas (las escenas del día bautismal en que subió al Papiro están rigurosamente censuradas).

No hemos venido a hablar con él porque sea el nuevo diputado de Podemos en las Cortes de Aragón en sustitución de Pablo Echenique (esta vez no nos interesa la política).

Si hemos venido a hablar con Raúl Gay es porque cuenta cosas sobre su discapacidad que otros no. Porque las cuenta como el que quita la cabeza a un pollo. Sin que le tiemble la mano: levanta un machete, lo baja, zas.

Que «no puedo empezar el día sin la ayuda de otra persona; puedo liarme un cigarrillo; puedo encenderlo con la vitrocerámica; puedo follar; no puedo desnudarme para follar».

Otro pollo.

Que «se lanza la idea de que si quieres puedes y eso no es verdad; eso genera frustración; rabia». Que es mentira «eso de que todos los discapacitados podemos montar nuestra propia empresa en el garaje y ser como Steve Jobs… Los héroes son excepcionales».

Otro pollo.

Que «la discapacidad es una mierda, nadie en su sano juicio quiere ser así. Te invalida, te incapacita, cambia tu relación con tu cuerpo».

Otro pollo.

Que es «imprescindible ajustar los ritmos intestinales a los horarios de las personas que van a ayudarme». Que «cago cuando puedo, no cuando quiero, casi como un perro»

Otro pollo.

Que si Elena y él supieran que la niña que esperan para octubre viene «sin manos ni piernas», que si supieran que iba a ser como él, abortarían «de inmediato».

Otro pollo.

Así hasta desplumar todos los lugares comunes, hasta hacer picadillo el lenguaje políticamente correcto, hasta desplumarse a sí mismo y acabar desnudo aquí.

(…)

Todo está en Retrón (Editorial Next-Door Publishers), un libro del que iremos extractando algunas partes que aquí aparecerán en rigurosas cursivas. Por ejemplo.

«Hace muchos años [4º de EGB], en clase de Religión, el profesor nos hizo escribir en un papel una petición para Dios. Mis compañeros desearon la paz mundial o la erradicación del hambre en el mundo; yo pedí, lo recuerdo perfectamente, ‘ser normal’. El cura me afeó la petición: ‘Eres un egoísta’, me dijo».

Escribe Raúl Gay que él es discapacitado, blanco, ateo, lector, amigo, periodista, hijo, hermano, marido, aficionado al jazz, usuario de Mac y muchas más cosas. «¿Por qué definirme sólo por una?». Lo que no escribe Raúl Gay, pongamos, es que le sudan mucho las manos. Y que no es nada egoísta.

-Tócalas, tócalas si no te lo crees.

-Es verdad. Te sudan un huevo. ¿Y eso?

-Cuando conozco a alguien me da vergüenza. Soy bajo, tengo una voz de mierda, la altura influye, qué quieres.

Hijo de un ingeniero de la General Motors y de una mujer que trabajaba «hasta que tuvo un crío sin brazos ni piernas», la película de Raúl empieza como la de Forrest Gump. Una peli que fue a ver y que tenía algo que no les gustaba: se veía demasiado reflejado en ella.

«Tendría por entonces seis o siete años. Después de unas cuantas operaciones, mis piernas estaban moderadamente rectas y era el momento de intentar caminar por mi cuenta. Nunca he logrado recorrer la misma distancia ni a la misma velocidad que una persona normal, pero la diferencia entre andar distancias cortas o no hacerlo es inmensa (…). Digamos que camino como lo haría un muñeco, tirando de cadera. Durante un tiempo, siempre tuve las piernas encerradas en plásticos, salvo unos minutos al día. Al final conseguí librarme de las órtesis, supongo que a fuerza de llorar a mis padres y que se apiadaran de mí».

La película de Raúl empieza como Forrest Gump, decíamos, y termina como esos novelones decimonónicos. En boda. Cantando el Como yo te amo de Raphael. En mayo de 2016. Con Elena, que hoy mismo está embarazada de seis meses y anda buscando saca-leches en Google mientras hablamos.

-Nunca había visto un tipo así -sonríe Elena como si tuviera sueño, que lo tiene-. Era raro de ver… -vuelve a sonreír y él también-. Cuando comenzamos a salir, había amigas que me decían: «Pero, mujer, Elena, con lo que tú vales» o cosas por el estilo. Mi madre sólo me dijo: «Si hay alguien a la que le podía pasar esto es a ti». Y siguió a lo suyo. Creo que sus padres, en el interior, pensaban: «A ver qué tipo de loca quiere estar con nuestro hijo»… Pero nosotros lo vivimos todo con normalidad.

Elena se repantiga en el sofá y se lleva la mano a la tripa, que ya luce abultada y tersa como un tambor.

La pregunta no estaba apuntada en la libreta, pero cae como un gong.

-¿Abortaríais? Digo, si supieseis que va a ser como Raúl.

Los dos asienten. Cada uno a su modo.

Yo no tendría a un hijo como yo -contesta Raúl.

-¿Por qué, si hace un rato me dijiste que eres moderadamente feliz?

Interviene Elena.

-¿Tener un hijo como Raúl? -sonríe como si tuviera sueño, que lo tiene-. Antes me pego un tiro. Si tengo un bebé como el padre me quedo sin vacaciones…

Es media mañana y Elena se va a echar una siesta porque ha dormido fatal.

Raúl se arroja desde la silla y dice que prefiere seguir la entrevista de pie, porque sentado le cuesta hablar.

El feto está bien.

Su padre dice que cuando tenga cinco años sabrá cocinar, arreglar un grifo y casi casi hacer la declaración de la renta. Porque no le va a quedar otra.

La niña que será normal se llamará Vega.

«Yo me considero anormal, y en diferentes aspectos. Lo normal es tener brazos y yo no los tengo. Lo normal es doblar las rodillas y yo no puedo (…) Hay quien se refiere a nosotros como personas con capacidades diferentes… ¿Podemos volar? ¿Tenemos rayos X en los ojos? ¿No nos alimentamos con la misma comida y nos hieren las mismas armas? ¿No tenemos calor en verano y frío en invierno, como los bípedos? (…) Hay una diferencia entre rechazar términos ofensivos y crear expresiones vacías de contenido que no hacen referencia a la situación real. Que la realidad sea fea no es excusa para denominarla de otra forma».

Raúl podría no haber sido lo que hoy es.

Varias veces.

Porque estaba muy loco y no tenía miedo.

El niño que veraneaba con sus padres en Cambrils dejó de hacer pie en el mar durante un instante y casi se ahoga. «Dejé de tocar fondo, las olas me dieron la vuelta y me quedé como una tortuga».

El niño que se tiraba escaleras abajo con un monopatín esquivando los coches en Cambrils, un día metió la cabeza bajo la rueda de un auto que frenó en seco.

El niño que se tiraba escaleras abajo recuerda aquel día de adulto en que se lanzó escaleras arriba. Fue para subir al Papiro con una mujer, cuenta, «ascendiendo, como los salmones, para desovar». (Ya hemos dicho que todo aquí, su libro, Raúl, estas líneas, iban a ser poco correctos).

Alguna vez ha soñado que entra a una estancia que parece un decorado de Aliens, donde sólo hay probetas con fetos que son igual que él. El otro sueño, el bueno, lo tuvo mientras estaba despierto. A cuenta de las expectativas que tenía con la operación número 13. La definitiva. La que iba a salir bien. La que después de 27 años de carnicerías le iba a poner de pie.

-¿En qué consistían esas operaciones?

-Todas las operaciones siempre han consistido en enderezar los huesos. Con unos posoperatorios que eran auténticas salvajadas.

-Ya.

Nací con los tobillos tocándome los huevos.

La cirugía que le iba a alejar del suelo fue el 27 de octubre de 2010. Por lo que sus amigos le montaron una fiesta sorpresa el fin de semana previo. Raúl llegó al bar acordado y allí estaban todos. Con una calzas de papel de aluminio que simulaban sus órtesis. Y que se quitaron nada más entrar él, a modo de saludo. Como cuando en las graduaciones americanas lanzan los birretes al aire.

«El equipo de cirujanos abrió las dos piernas, enderezó los huesos, modificó la alineación de mis pies, anuló la escasa articulación de mis rodillas, introdujo clavos para sujetar los huesos y cosió la piel. La operación duró ocho horas (…). Volvimos a Zaragoza en coche. Yo iba en el asiento delantero con las piernas apoyadas en un cojín puesto sobre unas cajas que cogimos en una gasolinera. Mis piernas son cortas, pero sobresalían un poco del asiento y no podía mantenerlas al aire. Para evitar los baches, circulábamos por el carril de la izquierda, menos transitado. Publiqué un tuit: ‘De vuelta a Zaragoza. Lo peor ha pasado’. No sabía lo equivocado que estaba».

Unos días antes les había escrito una carta entusiasta a los amigos. Terminaba así: «En resumen, dentro de un año me iré de vacaciones con varios de vosotros y al despertar me vestiré solo, me iré a la piscina, me bañaré, me pondré unas sandalias con alzas parecidas a las de las gogós y caminaré a por una cerveza».

En fin.

(…)

Llamamos al timbre. La puerta se abre con un dispositivo electrónico, te enseña la casa adaptada, bromea con la altura de las cosas, nos muestra la habitación de la niña, señala algunos inventos suyos para mear solo o para llevar el móvil, presume de colección de música, hablamos de Tom Waits y de Aznar.

Llegamos al baño.

«Son decenas las personas que me han acompañado al servicio: familia, cuidadores, compañeros de clase, vecinos… Un criterio para decidir si invitaba o no a un amigo lejano [a la boda] fue precisamente ese: si me había acompañado al baño, entraba en la lista».

Al final no se fue de vacaciones con los amigos. Ni fue a la piscina. Ni caminó a por una cerveza ni se vestía solo. Ni hubo calzas de gogó ni hostias en vinagre.

Lo que pasó después de aquella decimotercera intervención es que estuvo año y medio sin caminar. Con una depresión muy grande en un cuerpo muy pequeño. Y con una única idea clara, una sola: no se operaría jamás.

-Entiendo que una persona medianamente inteligente piense en quitarse la vida al verse así.

-¿Al verse cómo?

-Dijeron que iba a ir bien [la operación de Pedro Cavadas costó 35.000 euros]. Pero no. Estuve sin caminar desde octubre de 2010 hasta abril de 2012. Dormía por el día y vivía por la noche para que mis padres pudieran hacer vida durante el día. Me mantenía a base de galletas del Ikea, Nutella y whiski. Llegué a pesar 60 kilos.

-Hablas de un infierno en el libro. ¿A qué te refieres?

El infierno es el dolor. Si te dicen que te van a pegar una paliza hasta el domingo a las 12.05 horas, vale. Pero si no te dicen cuándo acaba la paliza, si la paliza no tiene fin, entonces…

Hoy Raúl no presume de piernas pero sí presume de cabeza. Hay que ser muy grande o estar muy seguro de sí mismo o que te importe un bledo lo que opinen de ti o ser muy inteligente y muy honesto para decirte: “Yo es que soy muy inteligente”.

El periodista de Informativos de Aragón TV hoy busca empleo y tiene un grado de felicidad de siete sobre diez.

Si hemos venido a hablar con Raúl Gay, decíamos, es porque cuenta cosas sobre su discapacidad que otros no. Porque las cuenta como el que quita la cabeza a un pollo. Sin que le tiemble la mano: levanta un machete, lo baja, zas.

Habla de una anciana que se santiguó al cruzarse con él. De esas miradas piadosas de arriba abajo.

Otro pollo.

Recuerda a aquel profesor que no quería que él entrase en el colegio y que decía: “Por mis cojones no entra”.

Otro pollo.

Dice: “En estos tiempos de likes sin medida en Facebook y de pensamiento positivo como forma de pensamiento único hay que decirlo a las claras: la discapacidad existe, no es positiva y no afecta a todos”.

Otro pollo.

Reflexiona acerca de que casi siempre, en las parejas mixtas (una persona discapacitada y una que no lo está), ella es la bídepa y él es el que necesita ayuda. “Porque las mujeres, en la historia, siempre son las que cuidan”.

No sabemos ni el rato que llevamos hablando.

Elena duerme todavía.

Raúl tiene que ir un momento al baño.

(…)

«En 2013 tenía 32 años y nunca había salido con una chica. Es difícil ir a un bar y ligar con una chica cuando mides metro veinte y no tienes brazos».

Así que Raúl Gay se metió a ligar. Se registró en una conocida webs de contactos, se abrió un perfil, subió una foto sólo de su cara y se definió como «lector», «apasionado de la música» y alguna otra originalísima característica más.

Varias chicas le dieron al «me gusta». Raúl se vino arriba. Aquello funcionaba. Empezó entonces una fiebre de intercambios compulsivos. Octavos de final. Cuartos. Semis. Como en los concursos de la tele, sólo podía quedar una.

Y allá que fue con todo.

Con la que más se ilusionó fue con una chica de Zaragoza que daba clases en un colegio de educación especial. «Pintaba bien», recuerda. Cuando a los pocos meses se animó a mandarle una foto de cuerpo entero, a hablarle de su focomelia y a decirle que era periodista -todo al mismo tiempo-, la chica le contestó dándole calabazas definitivamente.

-Perdona… Pero es que no me gustan los periodistas -se excusó.

Raúl Gay termina de contarlo. Suelta el machete. Tiene la mano sudada. Y bromea como un jodido retrón: «Está claro que el periodismo es una profesión desprestigiada, pero tanto…».


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