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‘A amigos discapacitados les pegan en el colegio’

‘A amigos discapacitados les pegan en el colegio’

By In Sin categoría On 9 junio, 2015


SOLIDARIDAD

El rechazo en las aulas
  • Jóvenes minusválidos relatan su día a día en los institutos madrileños

  • ‘Los discapacitados somos una piña’, dicen indignados tras el suicidio de Aranzazu

  • ‘Me he sentido muy rechazado pero no para quitarme la vida’, afirma Marco

Vídeo: Inma Cobo / Fotos: Sergio Enríquez-Nistal

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Ha escuchado durante toda su vida la misma cantinela: «No puedes, no puedes, no puedes». Pero él decidió llevar la contraria a todos y entonar el «sí puedo, sí puedo, sí puedo».
Postrado en una silla de ruedas, David Calero se cansó hace tiempo de que le viesen «como si fuese un alien» y de tener que demostrar todos los días «que no era tonto».
Este joven de 22 años arrastra una enfermedad de nombre impronunciable, leucomalacia periventricular izquierda (un tipo de lesión cerebral), desde que nació prematuro y sufrió una hemorragia cerebral.
El pronóstico de los médicos era difícil: le dijeron que se iba a quedar sordo y ciego, como un vegetal, y, por supuesto, que nunca llegaría a la ESO… Y, ahí está, estudiando 1º de Bachillerato, aunque tenga que dividirse el curso en dos años para poder sacarlo adelante.
Calero se muestra consternado tras el suicido de Aranzazu, la joven con una pequeña discapacidad intelectual y motora que se tiró por el hueco de la escalera de su portal después de sufrir acoso en el instituto. Él declara no haber soportado hostigamiento en sus carnes, pero sí que se cambió de escuela, en parte, por tener conflictos con sus compañeros.
«Tengo amigos discapacitados a los que pegan en el colegio. Yo,acoso, acoso, nunca he sufrido, pero sí que he tenido problemas con algún que otro cafre. Me dicen: ‘No te pego porque vas en silla de ruedas’ o ‘¿estás a gusto ahí? o ‘¿sientes las piernas?’. Yo no les hago caso, pero me provocan. Si tu discapacidad se ve, estás acabado», explica en su domicilio de la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes.

Impertinencias en la calle

Sabe lo que es que se burlen de él, que no le dejen entrar en un restaurante por ir en silla de ruedas, que tampoco le permitan pisar un cine porque estorbas o que le digan todo tipo de impertinencias cuando sale a la calle.
«Me han preguntado que si era gay o me han pedido que les prestase la silla. Me gustaría que probasen 24 horas a ver si les quedan ganas. Para ellos es un juego, pero esta silla son mis piernas», indica.
Por eso, siente impotencia ante el suicidio de Aranzazu, porque, asevera: «Los discapacitados somos una piña». Además, critica la impunidad de la que gozan los acosadores: «Al ser menores de edad, son inimputables. Les cambian de centro y se van de rositas. Si te vas a meter con alguien, hazlo con gente que no tenga ese problema».

Recortes en atención a la diversidad

Calero es uno de los 28.000 alumnos con necesidades especialesescolarizados en la Comunidad de Madrid en centros sufragados con fondos públicos.
El Ejecutivo autonómico destina 220 millones de euros a financiar estos programas, pero desde los sindicatos critican el duro recorte que han sufrido en los últimos años. Según denuncia CC.OO., la Comunidad de Madrid es la que más ha rebajado en atención a la diversidad, con un 29% menos de presupuesto.
Calero no cuenta en la actualidad con ningún profesor de apoyo, ya que el Bachillerato no es una enseñanza obligatoria. A lo largo de su trayectoria escolar, no ha tenido problemas con los maestros, pero sí con los técnicos de apoyo. «Algunos fisioterapeutas son demasiado vagos. Otros pasan de todo. He tenido muchos conflictos con algunos y les decía: ‘Tú tendrás una carrera, pero yo tengo más de 20 años de experiencia en discapacidad»», relata.
Acepta con humor que le llamen ‘el abuelo’ de la clase y habla con una serenidad y un sentido común que ya quisieran para sí muchos jóvenes de su edad: «A mí las perrerías de los médicos me han dado mucha madurez». Ha perdido la cuenta de las operaciones que lleva encima, pero no se ha dejado ni un ápice de vitalidad en el camino: «Yo no me puedo quejar de lo que tengo», afirma con un optimismo que desarma a cualquiera.
Este joven fue el primero de su colegio en tener una silla eléctrica, que pesa 100 kilos y maneja sin ayuda de nadie. Gracias a ella tiene independencia para ir solo al colegio o para desplazarse al centro de Madrid en metro con su amigo Marco Gutiérrez, su compañero de correrías.
De hecho, Gutiérrez llega a la entrevista con resaca tras haberse acostado a las 7 de la mañana. A sus 21 años, también cursa Bachillerato pero ha repetido tantas veces que ya ni lleva la cuenta. Todo un triunfo si se considera que padece una grave enfermedad degenerativa, la distrofia muscular de Duchenne, que también le obliga a ir en silla de ruedas.
David Calero: ‘Estoy aquí para demostrar cosas. Que cuando se quiere, se puede’
Según su testimonio, aunque sufrió burlas de sus compañeros del colegio, nunca pensó en tirar la toalla: «Me he sentido muy rechazado. Era una carga para ellos. Me sentí humillado, pero no hasta el punto de no tener ganas de vivir. Lo que le han hecho aAranzazu no tiene nombre».
Tanto Gutiérrez como Calero odian con todas sus fuerzas una cosa: que sientan pena por ellos. Y les gusta que se llame a las cosas por su nombre: «No se pueden maquillar las palabras. Prefiero que me llamen discapacitado a que digan que soy una persona de movilidad reducida», sostiene Calero.
Va lento, pero va seguro y nunca se detiene: su objetivo es estudiar Filología inglesa y dar clases particulares de inglés, una de sus pasiones. Vive de pequeñas ilusiones, como levantarse un buen día y lograr meter un brazo en la camiseta. Y tan sólo pide una cosa: que cuando le miren, no vean sólo a la silla, sino a la persona: «Estoy aquí para demostrar cosas. Que cuando se quiere, se puede».

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